lunes, 14 de septiembre de 2015

Rodulfo González. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ EN LA PRENSA VENEZOLANA

SOBRE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

                                 Juan Marinello


A

hora que ha muerto Juan Ramón Jiménez se abalanzarán sobre su obra críticos y amadores. La polémica será larga, porque el poeta fue una cifra cambiante y difícil, ambiciosa e insaciada. El autor de Eternidades es una encrucijada en vilo, una pugna inacabable entre las resonancias viejas y novísimas y su vitalicio ademán de cazador furtivo. J.R.J. atrae y rechaza por mil puntas aceradas, y transmitirá a su posteridad la pelea agónica que fue su nota cardinal.
         Una de las cuestiones que saldrá a la plaza, en el balance a que toda muerte invita, será la de su comunicación con el Modernismo, con el rubendarismo, mejor. El nexo existe, pero con mucha entraña polémica y diferencial. Fue obligado que los grandes poetas españoles de comienzo de siglo, forzados, urgidos a cambiar de ruta, quedaran deslumbrados por el luciente criollo. Darío no les mostraba sólo su impresionante maestría sino también la encarnación gentil de los capitanes franceses más en boga. Como otros escritores de su tiempo. J.R.J. se conmueve ante una orquestación inusitada, aunque ofrecida con idioma legítimo. Cuando aquel duende urticante, impaciente, que siempre le anduvo por dentro, le exigió sendas exclusivas, fue distinto del nicaragüense, aunque siempre recordándole la cuota.
         Pero si su acercamiento al Modernismo fue en J.R.J. un recodo para salirse del trillo cansado –y no la razón de ser de su poesía-, bien claro queda que fue a sus aguas porque en ellas encontraba satisfacción placentera a su inquebrantable definición aristocrática. En ello reside que hasta sus últimos días guardase reverencia incambiable por el autor de Cantos de vida y esperanza. Con ejemplar lealtad, reconocía la ascendencia, el parentesco, la línea. Interlocutor de minorías – más o menos inmensas-, fue de la familia de Rubén, aunque resonancias peculiares, y nacionales, le lanzaron por otros predios.
         Siempre hemos creído que su distancia del Modernismo, dentro de un acatamiento de esencias, dibuja una de las más firmes magnitudes de J.R.J. Porque parece innegable que lo que conduce al poeta de Belleza a una parcela distinta y obstinada en su fidelidad de raíz a la tradición española. Pero para que esto quede bien claro hay que decir de inmediato qué tipo de rumor tradicional suena en sus versos. Unas relevantes palabras del propio poeta nos darán el emboque certero. Durante su escala cubana escribió en la Revista Cubana (marzo de 1937, páginas 72 y 73), comentando unas conferencias de Don Ramón Menéndez Pidal: “La poesía, literatura en general ha seguido, (creo yo, Don Ramón) dos líneas constantes y seguras” desde sus comienzos: una popular, colectiva, impulsiva: (Poema del Cid, Arcipreste Hita, una parte del Romancero, Marqués de Santillana, Santa Teresa, Lope, Cervantes, Espronceda, Unamuno Valle-Inclán, García Lorca, por ejemplo); otra minoritaria, individualista, estática: (Berceo, Auto de los Reyes Magos, Garcilaso, Fray Luis de León, Herrera, Góngora, Quevedo, Calderón, Gracián, Duque de Rivas, Rubén Darío, Gabriel Miró, por ejemplo)”. La distinción es de mucho jugo y perspicacia, con todas las quiebras de las generalizaciones apresuradas.
         Lo primero que hay que decir es que J.R.J. debió haber puesto su claro nombre en el final de la segunda línea destacada; fue en verdad su exaltación y remate contemporáneos. Y que no debió omitir, entre sus parientes de más vuelo, a San Juan de la Cruz. Por otra parte, la clasificación –que responde a muy hondas razones y es por ella válida-, padece de errores de enfilamiento, como enseguida veremos.
         Que de una parte está lo directo, lo popular, lo impulsivo (lo impulsivo, ¡qué bien dicho!), y de la otra lo estático, es verdad en todas las literaturas, y la cesura es más violenta y tajante en la española. No debemos olvidar que en ella cuentan lo más realista –pensemos en el Arcipreste- y lo más etéreo; pensemos en los místicos, como San Juan. La “fermosa cobertura”, que decía Don Iñigo López de Mendoza, mirando de frente a la poesía de calderos y adobes de Santa Teresa. Los que esperan y desesperan, en suma; por lo que en ninguna literatura como en la peninsular se ha esperado mejor, ni se ha desesperado tan gallardamente. Desde luego que cada autor tiene su preferencia, su cauce maestro; pero algunos pusieron las plantas en los dos campos. Santillana, que J.R.J. sitúa entre los impulsivos, fue, cierto, “el Marqués de los proverbios”, el poeta de las serranillas y decires, pero también el docto aduanero de lo francés en la mocedad y el artífice de los sonetos “fechos al itálico modo” en la madurez . García Lorca casa la voluntad de estilo con la lealtad popular. Y en Quevedo hay impulso y taraceo, sangre y arabesco.
         La clasificación saldría mejor afinada y más segura si se atendiese no tanto al impulso como a la intención; más a la resonancia que al gesto. Si así se hace, no quedarían Valle-Inclán y Darío –que vieron la realidad a través de la literatura- en los predios distintos en que J.R.J. los sitúa. Si a ello se atendiese, la progenie juanramoniana quedaría destacada nítidamente,  y mejor entendido su caso. Se vería entonces que el poeta de Piedra y Cielo es un caso sorprendente –y exacto-, de lealtad al costado estático de las letras españolas. En el arranque está Bécquer y hasta la porción colectiva del Romancero que a veces resucita; pero al alzar el vuelo se le enrarece el aire, y en su obra madura, cuajada esencial, queda hijo de Góngora. Algunos críticos, con ligereza culpable, deducen, del ascendente hermetismo juanramoniano, que es un disidente de lo tradicional español, un escritor ganado por aires extranjeros, por nubes universales. Olvidan lo que no olvidó el poeta: la persistente línea enrarecida que nunca abandona el curso de su literatura maternal. Pero la confusión es explicable. Lo minoritario estorba la afiliación porque soslaya la sustancia identificable en que todos se dan las manos. La parábola encubridora, disparada hacia lo abstracto, que es la obra de J.R.J., nace de una voluntad aristocrática que tiene en su tierra obstinada persistencia. El santo y seña pudo darlo Gracián, desde su solio de San Sebastián conceptista.
-2-
         No puede escribirse el nombre de Juan Ramón Jiménez sin que venga al recuerdo el de Antonio Machado, su gran contemporáneo. Se integran frente a las mismas inquietudes estéticas y cuajan hacia el mismo tiempo. Son dos eminentes renovadores de una lírica que había perdido hacía tiempo su carga de sorpresas. Es interesante recordar, ahora que los dos se han ido, cómo J.R.J. reconoce en 1940 el maestrazgo de ambos en la poesía hispánica contemporánea. A Machado y a sí mismo atribuye el florecimiento “de la conciencia poética de España en lo más íntimo, delicado, profundo o alto, en lo más ideal o espiritual del ser español”. Y con introspección cruzada de luces lancinantes, dice allí de sí mismo que “acaso por su amor a la invención y al cambio, por su inquietud y su entusiasmo creadores, por su acción constante particular y ajena de enamorado de la poesía, ejerció influencia más extensa y visible, y sigue y seguirá arrepentido y discutido siempre por los demás y sobre todo por él mismo. Cada día estima menos lo suyo”. En estas palabras anda la distancia en su compañero de gloria.
         Juan Ramón Jiménez es, en efecto, un enamorado de la poesía como hallazgo y como arte poética. Antonio Machado es un servidor de su ministerio lírico. Cuando se ha leído la obra de los dos escritores extraordinarios, queda más claro que Machado fue un resignado y J.R. un atormentado. En 1937 decía el autor de Platero y Yo: “Voy a cumplir 56 años en La Habana, a fines de este diciembre. Después de 40 años de fervorosa pasión lírica de mi instinto y mi conciencia, sigo seguro, como a los 45, a los 35, a los 25, a los 15 años de no haber logrado nada a mi gusto en idea, sentimiento ni palabra. Lo que quiero expresar, ¡qué lejos se queda de lo que expreso! Más lejos cada vez, en el fondo eterno, negro o dorado, del camino de luz y sombra. Me sorprende cada vez más extrañamente, cuando oigo a otro poeta, joven o viejo, jactarse satisfecho de sus conquistas estéticas”. “Poeta, creador oculto de un astro no aplaudido”, escribí una vez una noche española ya lejana. No puede hacerse, en verdad, mejor retrato. Lo dominante en J.R.J. es esta pasión concéntrica, alimentada de la propia entraña, conquista inusitada a la que se entrega la vida. Si no se da con lo impar, la vida se pierde. Lo mismo que en Góngora, lo mismo que en Gracián. En Machado, hijo de Santa Teresa y de Cervantes, la expresión es un oficio andador, y en definitiva gozoso. En todos, lo español, pero en sus puntas encontradas. La voz del pueblo encuentra eco en J.R.J. contra su mismo desvelo arisco pero, en lo más, se interpone su dramática ansiedad, su afán nunca cumplido de obra desnuda e inasible.
         Esta distinción de entraña fuerza al paralelo y a la preferencia. Ya sabemos que por mucho tiempo se mostrarán, frente a ella, las posturas distintas: los ladeados a la expectación, darán su voto a uno; los inclinados a la impaciencia, lo darán al otro. Pero llegará un día en que la votación será del todo favorable a Antonio Machado, gran ilusionador de la sangre cercana. ¿Es que acaso no lo está diciendo la misma clasificación secular que Juan Ramón nos entrega? El fallo del tiempo cae, no hay dudas, del lado de los impulsivos, porque de ellos nace una corriente de aguas profundas y calientes que a todos nos llega, alimenta y conforta. El nombre -¡qué nombre!- de Cervantes, situado con máximos derechos en la lista humanada, es el argumento concluyente, incontestable. Habrá que hablar aquí de nuevo (¡qué remedio!) de la leche de la bondad humana; es decir, de la resonancia generosa, confluente en que toda criatura toca un poco de sí misma. Claro que no nos llegaría el gusto consanguíneo sino lo asistiese la superior maestría; pero es que ella se alcanza por virtud de la disposición del creador que pone los ojos singulares en la circundante ansiedad.
-3-
         No conocimos bastante a J.R.J. Algunas conversaciones, algunas carta y una consideración honrosa y fiel. Tal relación bastaba para ver al hombre consustanciado con el poeta. Su presencia física –sus ojos, sobre todo-, daban la singularidad ansiosa y el desarraigo trágico. Nos tocó conocer a los dos líricos primordiales sobre el mismo telón de fondo: sobre la dura guerra de liberación de su pueblo. La circunstancia histórica entregaba, como ningún otro hecho, el ser de los dos escritores. Porque a veces necesita el hombre que una realidad decisoria lo dibuje del todo. Españoles radicales, el desgarramiento del regazo maternal los conmovía dramáticamente, pero con drama distinto.
         A Antonio Machado lo conocí en charlas muy llanas y libres en su casita de Rocafort, cerca de la Valencia sitiada y maltrecha. A J.R.J., en el exilio digno, en sus días habaneros. Vivía el poeta peregrino la lucha de su tierra; la vivía en carne viva, en el desasosiego creciente, en el soterrado tormento. Pero no hay mucha literatura en decir que J.R.J. le dolía el dolor de España, que el propio dolor se le volvía conflicto y amargura, como a Quevedo. Entre el amor al pueblo en armas –hondo y legítimo-, y su adhesión militante, se alzaba su desollada singularidad, se interponían los reparos con nombres y apellidos; el recodo ingrato le impedía contemplar la magnitud del panorama; el árbol dañado, la erguidez del bosque. Su fórmula era ésta: -Sí; pero... La de Machado fue siempre: -Sí; a pesar de todos... Dos hombres, dos ademanes, dos literaturas. A quien les conociera la obra, la distinta postura no podía sorprenderle. Machado fue, durante toda la guerra, un combatiente entusiasmado, entregado, ejemplar: sobre la pelea fabulosa de su pueblo escribió sus mejores páginas. Sólo la identificación activa, a todo riesgo, podía inspirarlas. J.R.J. siempre fiel a su España, no pudo romper su cerco encarnizado.
         Tenemos muy presente la última visita a Antonio Machado. Nos despedimos en el soportal minúsculo de su refugio valenciano. Los aviones alemanes apuntalaban aquella tarde, con su desesperante rumor, al final de la defensa heroica. Sabía el poeta que ya no se podía resistir. Miraba al cielo largamente y después musitaba: -Terrible, pero a la larga inútil... Y allí se estuvo, hasta la hora de una emigración que sabía sin retorno. Fue, hasta el final, fiel a su humanidad y a su poesía. También lo fue J.R.J. pero dentro de su obre espinado y lejano. Amó también a sus gentes, pero minoritario, individualista, estático” (volvamos a sus palabras), no dio nunca con el puente que lo comunicase, que lo hundiese, con el querer inmediato del pueblo. Su obra es una escala que asciende hacia sí mismo; la de Machado una senda hacia el corazón de cada criatura digna de su amor. El vuelo de J.R.J. fue siempre aventura desolada. El de Antonio Machado, viaje en compañía, ilusión serenada. Por eso los ojos de uno y de otros eran tan distintos. Juan Ramón Jiménez miraba desde su altar, la pupila dolorosa, pero imperiosa en su dolor, desvelada en una como soltería dramática. Así debió mirar Góngora. Antonio Machado miraba con una tristeza sonreída, con la pupila temblorosa de pequeñas luces benévolas, buscando el árbol en que prender su esperanza. Así debió mirar aquel “temprano amigo del hombre” que fue Miguel de Cervantes.

La Habana, 1958.









(Papel Literario de El Nacional, 5-7-58, pp. 1 y 6).

                  


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