La Teresa de Juan Ramón (1)

el nacional, 24 DE ABRIL 2016 - 05:59
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Nota de vida en la hora de su muerte. Así lo quiere Juan Ramón Jiménez,
en ese funesto 1936, cuando sabe que Teresa de
La visión primera y única del poeta es la de la muerte misma que
lo mira: “Sólo vi una vez a Teresa de
Texto para el lamento, lo hace lamentando no haberla podido
visitar en el sanatorio antituberculoso de
Ahora, el escritor entiende que ya ella no está. Se ha ido esta
española de tres mundos nacida en Venezuela y vale en su recuerdo por lo que
vale su español, el de su voz que ya no está y el de su palabra que estará
siempre. Aprovecha, para lograr el boceto de esta personalidad (llama
caricaturas a estas nobles páginas), una reflexión que vindica la lengua de
Teresa al vindicar la lengua regional de América y de España; la mejor de las
lenguas, el sueño de un español sin trabas salido del paraíso mismo del
albedrío liberado: “En su expresión poética narrativa se funden lo lírico y lo
irónico en una delicada y graciosa lengua natural, suelta airosamente toda
traba; uno de esos encantadores españoles que han quedado en tales ciudades de
América, como en capitales de provincia de España, paraísos grandes del otro
lado del mar, en cuyo color, cuyas horas, cuyos seres yo he soñado desde niño,
tal vez más que en los de estos mismos paraísos de la junta España”.
Juan Ramón encuentra allí a Teresa. La encuentra en su lengua, que
lo es también la del lírico andaluz; una, caracterizada por el recuerdo, el
cariño y el deseo de una España que más que “una” España es todas las Españas
en esta o en la otra orilla de la gran España: “Seguramente yo la había
conocido, soñando, en algún rincón del Paraíso inmenso español, y gocé oyéndola
hablar su lengua fluida, mi lengua una hora del tiempo relativo (aquella hora
que pasó seguramente también a nuestro lado, tan suave, tan agradable, tan
sencilla) como se goza oyendo a una antigua amiga inolvidable”. La lengua de
Teresa y la lengua de Juan Ramón siendo y haciéndose una sola lengua.
La Teresa de Juan
Ramón (2)
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DE MAYO 2016 - 12:01 AM
Coincidencia cronológica o concertación espiritual, hace ochenta
años, un 23 de abril, moría Teresa de
Escribe el de Moguer en la hora fúnebre en la que Teresa sucumbe a
la tuberculosis, tras habitar por años los más exquisitos sanatorios de Francia
y Suiza, lugares de consuelo y no de curación, perdiendo la batalla del cuerpo
enfermo, ella que siempre había sido una triunfadora en las peleas del alma
saludable. Y, entonces, el de Moguer escribe una nota vivificadora destinada a
su interminablemente hermoso libro Españoles de tres mundos(volumen
38 de la edición de sus Obras, trabajada por Visor
Libros, en 2009; edición de Javier Blasco, Francisco Díaz de Castro y Francisco
Silvera, con prólogo de José Manuel Caballero Bonald); según él, caricaturas de
notables y notados del viejo mundo, del mundo nuevo y del otro
mundo.
La autora ocupa lugar de prestigio entre el selecto grupo de los
escritores americanos. Con ella están, Rubén Darío, José Asunción Silva, José
Martí, José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pablo Neruda y Dulce María Loynaz, con
quien comparte la exclusividad de ser “escritores” entre los escritores. De
ellos dice Juan Ramón: “De los americanos, he escrito aquí en América varias, y
me propongo escribir otras cuando vaya conociendo personalmente al sujeto y
cuando se me ocurra escribirlas”.
Muere la venezolana firmando solo dos libros de estimación
incalculable (las novelas Ifigenia y Las memorias de mamá blanca),
unos escasos relatos, tres conferencias sobre las mujeres en la historia de la
independencia y esa reveladora y palpitante correspondencia que sostiene con
familiares y amigos, pues Teresa no tuvo tiempo para más porque la vida se le
escatimó y tuvo que gastarla toda en escribir rápidamente sus primeras y
últimas felicidades, tanto como sus primeras y últimas desventuras. Espíritu
social, hizo de la literatura una forma para acercarse al mundo que la
enfermedad le estrechaba y le prohibía; una manera de vivirlo desde su
internado interior.
Conquistada por los viajes hacia sí misma, volvió en su literatura
a su mundo local desde el cosmos europeo. Después de muerta, sus exégetas han
pretendido devolverla a los ámbitos patriarcales que le fueron tan queridos;
puro y noble intento por bautizarla de universalidad a ella que sólo quiso
nombrarse con los sonidos afectuosos de su tierra nutricia.
Nutricia y apegada a los orígenes, se hace emblema de aquello que
la escritura más venezolana tenía de nutrición y de conquista originaria. Para
ello no se creyó obligada a someterse a los ecos de ficticias criollerías ni a
los lugares trajinados de nacionalismos mal habidos. Todo es autenticidad y por
ello obra y figura ya no conocen de épocas apáticas o amigas, sino que toda
ella y su escritura resultan voces de perpetuidad de lo venezolano permanente.
Un único dictado producido por un corazón que sólo transitó los caminos propios
y cuya pretensión jamás fue guiada por la mentira de la vida mentirosa o por la
falsedad de una escritura falsaria. Tan venezolana como universal, Teresa es la
escritora más universal dentro del país y la más venezolana fuera de él.
Juan Ramón Jiménez recuerda a Lydia Cabrera, la amada amiga y la
amiga amante, la escritora cubana de prodigios todavía por descubrirse, la
autora del libro coral El Monte. Fiel y fidedigna
(la dignificada por la fidelidad), queda testificada en su dedicación
largamente amorosa por el prosista crítico que la encuentra allí, junto al
tálamo de una Teresa que está muriendo o que ya está muerta. Se le debe a ella
el relato de esos últimos momentos de vida en la hora mortuoria de Teresa: “Nos
ha contado Lydia Cabrera, la madrugada antes de morir Teresa de
Reflexión sensible o alta filosofía, para el poeta Teresa de
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